Julián en tránsito
Hacia la alteridad deseada
Se llamaba Julián, aunque ese nombre empezaba a quedarle estrecho, como una camisa heredada que ya no encaja con el cuerpo que uno es. No porque quisiera dejar de ser hombre —eso lo tenía claro, con una claridad casi obstinada— sino porque había algo en él que sólo encontraba su forma completa en el rodeo, en el desvío, en el disfraz.
No era una cuestión de deseo hacia otros hombres. Nunca lo fue. Su mirada, cuando se posaba en una mujer, no era la del que desea poseer, sino la del que quiere atravesar, comprender desde dentro, tocar el mecanismo secreto que hace de ese cuerpo un enigma cargado de electricidad. Pero tampoco era amor. Era otra cosa, más inquietante: una especie de fascinación que pedía incorporación.
La primera vez ocurrió sin premeditación. Una blusa olvidada, un instante de soledad, un gesto casi lúdico. Pero en cuanto la tela rozó su piel, algo se encendió. No una idea, sino una sensación: como si hubiera abierto una puerta interna que no sabía que existía. El espejo devolvía una imagen que no era exactamente la suya, pero tampoco era la de una mujer. Era una tercera cosa, un híbrido que le producía una excitación difícil de nombrar.
No era deseo hacia ese reflejo. Era identificación excitada.
Y ahí empezó todo.
Julián no quería ser una mujer en el sentido social o identitario. No fantaseaba con una transición, ni con habitar el mundo desde esa posición. Lo suyo era más íntimo, más cerrado sobre sí mismo: necesitaba la ropa, los signos, los detalles que codifican lo femenino —las medias, el encaje, el roce preciso de ciertas texturas— como si fueran llaves que abrían una zona erógena que no estaba en su cuerpo anatómico, sino en su imaginación encarnada.
No era homosexualidad. El otro hombre no aparecía en su escena interna.
Lo que sí aparecía —y esto tardó en entenderlo— era la mujer como ausencia.
Porque cada vez que se vestía, algo ocurría en su fantasía: la mujer real desaparecía. No había un tú. No había un encuentro. Lo que había era una operación más radical: una sustitución. La mujer dejaba de ser un otro para convertirse en un conjunto de signos que él podía apropiarse.
Como si la metáfora “sentirse como una mujer” no fuera una analogía, sino un procedimiento.
Una incorporación.
O quizá, si uno quiere ser más preciso, una eliminación.
Julián empezó a sospechar que en su excitación había algo más que placer. Había una lógica. La mujer, en tanto alteridad deseada, resultaba insoportable en su diferencia. Demasiado opaca, demasiado libre, demasiado fuera de control. Y entonces, en lugar de acercarse a ella, su mente había encontrado otro camino: absorberla.
Convertirla en vestimenta.
Reducirla a superficie.
Habitarla desde dentro, pero sin que ella estuviera.
No era que quisiera ser una mujer. Era que no podía tolerar del todo que la mujer fuera un otro radical. Así que la convertía en una extensión de sí mismo.
La metáfora, llevada al extremo, dejaba de ser metáfora.
Se volvía acto.
Y en ese acto, la diferencia se disolvía.
Con el tiempo, Julián aprendió a distinguir. Había momentos en que el gesto era puro fetiche: el tejido, el brillo, el detalle concreto que disparaba la excitación. Pero había otros —más silenciosos, más densos— en los que lo que estaba en juego era casi ontológico. ¿Dónde termina uno? ¿Qué significa encarnar algo que no se es? ¿Hasta qué punto toda identidad no es ya, en el fondo, una colección de ropajes simbólicos?
No encontraba respuestas, pero empezó a formular mejor las preguntas.
Entendió, por ejemplo, que la llamada “disforia” no es un bloque homogéneo. Que hay quienes sufren por no poder ser lo que sienten que son. Y hay quienes, como él, no quieren ser otra cosa, pero necesitan atravesar ese otro registro para acceder a sí mismos.
No buscaba una identidad femenina.
Buscaba un punto de intensidad.
Un lugar donde el yo se vuelve poroso, donde las fronteras se diluyen, donde la excitación no proviene del encuentro con otro, sino de la transformación de uno mismo en escenario.
Y en ese escenario, la mujer no era sujeto ni objeto.
Era código.
Era textura.
Era lenguaje encarnado.
Una noche, frente al espejo, se quedó mirándose más tiempo del habitual. No había prisa, no había urgencia. Sólo una calma extraña. Por primera vez, no sintió la necesidad de intensificar la escena, de llevarla hacia su clímax habitual. Se limitó a observar.
Y entonces lo vio con claridad.
No era ella.
No era él.
Era el gesto.
El acto de cruzar.
La frontera misma convertida en experiencia.
Y quizá —pensó, mientras se quitaba lentamente la blusa— ahí estaba lo esencial: no en el destino, sino en el tránsito. No en ser, sino en poder devenir, aunque sea por un instante, aquello que no se es… sin dejar de serlo.

Excelente Paco.